Ojo de gato

Canica ojo de gato

Me pregunto cómo amaremos en el futuro. ¿Qué ocurrirá cuando acariciemos a alguien desde lejos y sintamos lo mismo que si lo hacemos en persona? O, mejor aun: ¿cuando la tecnología ajena a nuestro cuerpo no sea suficiente? Los móviles quedarán anticuados, y estoy seguro de que los nanorobots convertirán nuestros cuerpos en máquinas perfectas. La empatía dejará de tener sentido, porque nada impedirá que nos conectemos entre nosotros. Ahora que lo pienso, en un futuro no muy lejano, amar puede que consista en estar conectado con otro para toda la vida. Y, con el tiempo, cuando nos podamos conectar a Internet y con nuestros amantes sin necesidad de ninguna clase de dispositivo externo, acabaremos perdiendo el interés por nuestros cuerpos. Podremos cargarnos y descargarnos en un lado u otro de este planeta o los demás, sin importar lo remotos o inhóspitos que estos sean; y lo sabremos todo, porque nuestro cerebro equivaldrá a una inmensa base de datos. Así pues, si se quiere mucho a alguien, tal vez se le deje acceder a nuestras ideas, a la totalidad de nuestra experiencia y conocimientos. Y como los cuerpos no importan… ¿qué sentido tiene ser dos personas distintas? En ese futuro, quizá decidamos que el amor consiste en fusionarse con otro. Dos personas pasarán a ser una. Y luego puede que esa se enamore de otra más, y otra y otra, hasta que la humanidad se reduzca a un único ser formado por todos. Si entonces aún nos queda algo de fauna y flora, a lo mejor nos apiadamos de ella. De todos modos, ya no la necesitaremos. Cuando solo quede uno, nuestra existencia dejará de tener sentido. ¿Para qué explorar más? ¿Por qué conocer nuevas fórmulas o planetas si no queda nadie con quien compartirlos? Así que, probablemente, nos apartaremos del camino y dejaremos que otras especies evolucionen. Una máquina excavará hasta el centro de la Tierra y guardaremos nuestra conciencia en una canica de ojo de gato. Y permaneceremos allí, rememorando una y otra vez nuestra existencia, a la espera de que otra especie avance lo suficiente para encontrarnos y que al acercarse nos susurre: «Ey, ¿quién eres?». Y, en ese momento, volveremos a tener a alguien a quien poder admirar y, de nuevo, con un poco de suerte, retomaremos eso del amor.

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Náyade de medianoche

El pescador y la sirena

Me pierdo en el bosque hasta llegar a un lago. Me acerco al borde y encuentro cobijo en el regazo de la orilla. Garabateo una melodía en mi cuaderno. Arranco la página, la arrugo hasta convertirla en una bola y la hago naufragar en el centro. Las aguas se enfurecen, se enturbian el lago y la neblina, y aparece una figura anacarada. Una silueta sin aspecto ni memoria, que no es nadie ni recuerda nada, me pregunta: “¿Quién soy?”. Iluso de mí, le pido a ella que escoja. Su cuerpo se solidifica y tan pronto como adquiere una voz, tararea mis acordes. Inevitablemente, me adentro en el lago, seducido. El espectro al que yo he hecho sirena viene en mi búsqueda y, en un arrebato de amor, me sumerge en las profundidades hasta que me ahoga con sus besos y me suelta.

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Sin excusa para los deberes

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Me lié tanto que preferí callar. Aparqué el balbuceo, la ansiedad y las prisas —y por supuesto aquella palabra que con tanto ahínco había protegido—, y me asocié desesperadamente con el silencio. Ella lo volvió a preguntar: «¿Quién eres?». Yo contesté una y otra vez sin mediar palabra, con un ojo clavado en su huesuda cabeza y el otro en su guadaña. Como cualquier otra mujer, la Muerte no esperó para siempre, pues sigilosa y sin previo aviso escapó bajo el plateado manto de la luna.

Al cabo de un tiempo, regresó y con voz de arpía retomó la pregunta. Hastiado tras los cuantiosos años que me había concedido, le di mi nombre sin vacilar. «No, ese no es», contestó ella para mi asombro. Yo le dije que sí, que era ese, y que si no lo creía, solo debía contemplarme. «No, ese tampoco es tu rostro», continuó. Desesperado, le pregunté mi nombre. Ella enmudeció. Haciendo aspavientos y entrecortada como una niña que procura excusar sus deberes, la Muerte intentó responderme, aunque sin acierto. Entonces, a expensas de su silencio y amparado en la negrura de la noche, decidí huir a toda prisa; porque, como cualquier otro hombre, no iba a esperar eternamente.

 

 

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Donnie

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—¡Va, pasa! —gritó ella desde la habitación.

—¿Ya?

—Sí, claro.

—Pero… ¿tan rápido? —preguntó, nervioso, todavía en el salón.

—Joder, otro igual…

—¿Qué…? No, no es eso.  Pero ¿y si antes hablamos un rato?

—¿Has venido para hablar de mariconadas o para follar? Porque me puedes pagar y hablamos. Pero las cosas claras, que después una empieza a pensar que se ha librado y…

—Oye, que no es eso —interrumpió él—. Yo solo quiero hablar un rato hasta que… ya sabes, hasta que haga efecto.

—Ah, pues dilo antes… A ver, ¿y de qué quieres hablar, señor orador? —inquirió ella mientras volvía al salón para finiquitar el imprevisto.

—Pues… de lo que tú quieras. No sé.

— “De lo que tú quieras. No sé…” —repitió ridiculizándole—. ¿Cuántos años tienes…? ¿Tres?

—Pues algo sobre ti… de dónde eres, lo que te gusta hacer, cómo se llama ese perro delgaducho de ahí… —dijo señalando al dálmata que dormitaba junto al televisor.

—No, tú no quieres saber eso.

—Sí. Sí quiero.

—¿Ah, sí? ¿Y para qué? ¿Se lo vas a contar a tu hijita?… No. Tú quieres saber lo mismo que todos. ¿De verdad crees que eres el primero que me lo pregunta?

—Yo todavía no te he preguntado nada —corrigió él.

—No, pero es lo que quieres saber. Quieres saber por qué me metí a puta, ¿verdad?

—No.

—¿Que no?

—No, pero parece que tienes ganas de contarlo…

—¡Pero si has sido tú el que quería hablar! —exclamó, mientras hacía aspavientos.

—Sí, pero no de esto.

—Ves, por esa razón me hice puta. Porque hay cabrones como tú que vienen aquí y me pagan. Así de fácil es la historia.

—La historia seguro que es así de fácil, pero tú creerás que es por otra cosa —contestó el viejo, bravucón.

—“Ja, ja, ja”. ¿Así que te crees listo, además? Te voy a echar, hijo de puta. ¡Donnie!, ¡Donnie, ven! —comenzó a berrear mientras se acercaba a la puerta. El dálmata pegó un brinco y también se alteró, casi tanto como su dueña.

—No, para, no llames a nadie, por favor… Perdona.

—¿Ahora tienes miedo de que te pegue, eh?

—No.

—Y una mierda que no. ¿Tú estás loco?

—Me da igual si me pega, pero no me quiero ir.

—Pues Donnie te va a echar cuando le cuente que estás loco.

—Mira, olvidemos esto. ¿Quieres saber por qué he venido yo? Seguro que eso no te lo ha contado nadie —afirmó él.

—No, voy a llamar a Donnie y te va a pegar una paliza.

—Déjame contártelo y luego, si quieres, le llamas y que me pegue una paliza.

—Está bien… ¿Por qué has venido?

—He venido para recordar a mi mujer… —replicó cabizbajo.

—¿Que vienes para recordar a tu mujer? —preguntó entre carcajadas.

—Sí.

—Deja de decir tonterías. Si continúas mintiendo, vuelvo a chillar.

—¡Va en serio! —exclamó él.

—Vale, vale… —se excusó, escondiendo las últimas muecas—. ¿Quieres decir que tu mujer también era puta?

—No, pero se parecía a ti.

—¿A mí?

—Sí. A ti y a otras a las que veo a veces.

—¿Me tomas el pelo?

—No. Antes estaba paseando y te he visto. Tú no te has dado cuenta, claro, pero te he observado un rato. Estabas hablando con otra chica y, de repente, has fruncido el ceño y has sonreído… y ha sido como si la viera.

—¿Tanto nos parecemos? —se interesó, ya relajada.

—¿Físicamente? Pues… se parecía bastante a ti, sí. Bueno, ella era un poco más baja.

—¿Y cómo era en lo demás?

—Igual no te lo crees, pero lo que más echo de menos es hablar con ella sobre tonterías —hizo una pausa para recordar—. No sobre cualquier cosa, sino literalmente sobre tonterías. Yo decía algo que no tenía sentido y ella me seguía el rollo y luego yo tenía que continuar… ¡y estábamos tan locos que aquello seguía hasta que terminábamos diciendo algo lógico! —añadió el viejo, melancólico—. Y luego ya pasábamos a otra cosa.

—Yo a veces también hago eso.

—Sí, antes has estado graciosa cuando discutíamos. Aunque te alteras muy rápido…

—¿Sabes qué?

—Espero que no vayas a llamar a Donnie.

—No, olvida a Donnie. ¿Sabes qué? —volvió a repetir—, que esta noche vas a volver a ver a tu mujer. Como en la noche de bodas o como vuestra primera vez… pero la “buena” primera vez.

Los dos se levantaron. Ella le cogió de la mano y lo guió al cuarto. El dálmata se calmó también y los siguió.

—¿Y el perro?… ¿Vas a dejar que mire?

—Siempre lo hace.

—No sé si me hace mucha gracia que un perro me esté mirando mientras…

—Va, déjalo —insistió ella—, si es Donnie.

 

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Examen de Antropología

Debía de haberla visto cientos de veces, pero hasta el día del examen no me fijé en ella. Supuse que no la conocía porque no era una de las más guapas de la clase ni tampoco —deduje— de las más inteligentes. Así que Cupido tuvo que dar en el blanco porque dejé de responder a las preguntas y centré todo mi interés en aquel ángel de la primera fila. Estudié sus tics nerviosos, su postura encorvada y otros detalles como la cinta del pelo lila que le ceñía los lóbulos de las orejas, o el brillo de sus ojos, cansados tras una larga noche de estudio. Pero mi viaje a Babia no duró demasiado, pues un alumno se envalentonó y se dirigió a mí: «Profesor, ¿le importaría venir?».

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Cordura

Supe que enloquecía porque aun percatándome de que estaban conchabados empecé a creer que mi mujer me extrañaba y que el doctor me dejaría salir.

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Julieta y sus dientes de mentirosa

Las mesas eran cutres y las paredes rezumaban humedad, pero Julieta se empeñó en volver al lugar donde nos conocimos.

Tanto tiempo sin verla hacía que todo pareciese nuevo: ahora tenía los ojos saltones, una melena resuelta teñida de azul y hablaba como una niña que se había olvidado de la edad y los platos rotos.
Julieta acudió a la cita con las ideas claras. Quería retomarlo donde lo dejamos, y para ello pretendía doblegarme por agotamiento, como lo hacen los boxeadores que no son lo suficientemente habilidosos para noquear al adversario. Pero en esta ocasión me zafé de los coqueteos y no hilvané ninguna de sus frases de empedernida charlatana.

Aguanté estoicamente hasta que sonrió, porque entonces advertí el diastema que ya ni siquiera recordaba y que tanto me llegó a gustar. En ese momento me rendí. Me pidió que volviésemos a las andadas y acepté sin pensarlo. No me importaba si acabábamos en la cárcel.
Me levanté y saqué el revólver de entre los vaqueros y la cintura. Ella se encargó de gritarlo todo: «¡Manos arriba!», dijo con voz de niña. «¡Esto es un atraco! ¡Al primero que se mueva, le pego un tiro!»

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