El retrato

Doña Dolores se despertó a las siete porque su padre le había enseñado de pequeña que eso es lo que hacía la gente de bien. Sus brazos y sus piernas se resentían por el frío de la noche anterior. “Ha dado lo mismo dormir con bata”, dijo para sí. Como de costumbre, invirtió unos minutos en repasar el día que empezaba: pensó en si saldría a trabajar al huerto, si aspiraría de una vez la alfombra o si aquella mañana se decidiría por fin a dar menos comida a su gordinflón gato persa. Luego se incorporó, casi de un salto, y se sentó en el borde de la cama. Con los ojos todavía entreabiertos y agarrándose con fuerza a las sábanas, empezó a calzarse las chinelas.

—¿Y ahora tenemos que volver a enseñar el billete?
—No, ahora ya no hace falta. ¡Pero ten cuidado con el otro, eh! Cuando lleguemos a Zaragoza lo tendremos que enseñar. ¿Quieres que te lo guarde? —respondió Dolores.
—Ah, no, tranquila, ya lo guardo yo —contestó la amiga.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Bueno, ¿y tú vas a comprar lotería en Madrid? —se interesó Dolores.
—¿Lotería?, ah, sí —dijo la amiga—. Yo tengo que comprar para mi madre y para mis hermanos.
—Pues ya me lo recordarás, porque seguro que se me pasa.
—Vale. Y… ¿Cuánto dijiste que duraba el viaje?
—Pues de aquí a Zaragoza son unas dos horas. Luego hasta Madrid ya ni idea, pero ponle otras dos horas o dos horas y media.
—Está bien… Pero espero que no me toque ir sentada con nadie raro.
—Con un viejo verde, te tocará —afirmó Dolores, risueña.
Por megafonía anunciaron la salida del tren con destino a Zaragoza y se abrieron las puertas.
—¿Tú qué vagón tenías, Lola?
—El seis. ¿Tú?
—Yo el cinco.
—Pues nada, si pasa cualquier cosa, nos vamos a ver, que estamos al lado.
—Perfecto —respondió la amiga, nerviosa porque aquel era su primer viaje.
—Ah, y ya que estás, separa los dulces que son para tu tía y los que son para mi abuelo, que los llevas tú en la bolsa.
—¿Tú crees que hace falta?
—¡Por supuesto! Con lo que le gustan los bollos a tu tía, como no lo hagas, cuando lleguemos mañana a Madrid mi familia se pensará que somos unas tacañas… —bromeó Dolores.
La amiga sonrió y se fue para su vagón. A Dolores le había tocado el asiento de la ventana, pero allí encontró a un chico, más o menos de su edad, que lo estaba ocupando. Tomó el asiento de al lado y lo saludó, preparada para increparle.
—Hola… —comenzó.

Sus pies se habían hinchado con el paso de los años y apenas le cabían ya las zapatillas. Pero a doña Dolores le gustaban aquellas. Eran rosas —“rosa flojo”, decía ella—, con un estampado de margaritas azules y amarillas.
—Antonio, ven, ¿por qué no vienes? —inquirió la anciana, posando el retrato sobre la cama, a su derecha.
—Ya estoy aquí, Lola —respondió él.
—Hoy creo que no voy a ir al huerto. No tengo ánimos para trabajar.
—No hace falta que vayas. Ya mañana, si eso.
—¿Y has visto el frío que hace? Ni siquiera con la bata…
—En esta época ya se sabe…
—¡Tú siempre tan parco en palabras, eh, Antoñito! —se sulfuró Dolores.
—¡Que no es eso! Es solo que… es solo que no quiero hablar del tiempo ni del huerto, aunque tú sabes lo mucho que me gustaba el huerto.
—Llevas razón. Dime, ¿por qué has tardado tanto en volver?
—Ya sabes que no es fácil. Además, eso es más cosa tuya que mía…
—Pero tú también tienes algo que ver.
—¿Ya empezamos?
—Bueno, bueno —continuó la anciana—, ¿y qué opinas de lo que dice ahora tu hijo? ¡Que se separa! ¡Tú te crees!
—¿Se separa de la chica rubia que me contaste? Pero si estaban muy bien, ¿no?
—Sí, hijo, sí. Y tienen un niño de tres años que está… para comérselo, Antoñito, para comérselo.
—Con lo que me hubiese gustado a mí consentir a un nieto… —se apenó él.
—Ya te lo traeré, tranquilo. Por lo que se ve, se han peleado porque dicen que ya no se quieren ni se hacen reír. Ya sabes.
—¿Y nada más?
—¿Te parece poco? —se apresuró Dolores en contestar—. Pero no, ya ibas bien, es porque ella dice que ha encontrado a otro. Que surgió sin más, sin buscarlo, pero que el otro la enamoró.
—Vaya sinvergüenza…
—¡Pues sí! Y no veas la charla que me ha soltado tu hijo sobre que si solo se puede querer a una persona y que él nunca hubiese tenido ojos para otra mujer.
—Tu hijo siempre ha sido un poco calzonazos.
—Pobrecillo, no digas eso. ¿No te acuerdas de lo que te quería el niño?…
—Y yo a él, María Dolores, pero las cosas como son.
—En fin, hay que ver lo desanimado que está… Dice que ahora ha entendido que no vale la pena atarse a nadie, ni luchar. Y, digo, ¿que no vale la pena luchar? Eso si que no. ¿Tú recuerdas lo que se querían?
—Sí. Bueno, por lo que me has contado, estaban muy enamorados. Aunque menos que tú y yo, eso seguro… —añadió.
—Pues eso, que no lo entiendo, Antonio. Me está volviendo loca… —dijo ella, cabizbaja.
—¡No digas eso! Él siempre ha confiado en ti y te ha explicado todo. Seguro que consigues que entre en razón y luche por la chica y por ese hijo. Y no olvides que me lo tienes que traer para que lo vea.
—Ya te lo traeré, no te preocupes, pero… ¿Que no diga eso?
—No, no lo digas.
—Pues sí lo digo porque si estuvieras aquí, no sería lo mismo.
—Lolica…
—No, en serio, ¿por qué te fuiste, eh? Yo te regalo los mejores años de mi vida y te dejo saber todo sobre mí… Y tú te vas. A lo mejor nuestro hijo lleva razón y las cosas son más sencillas si no te atas. Pero es que tú… Ojalá tu hijo se comportara con ella como tú conmigo. Si supieras que me tuviste desde el primer momento, desde que…
—¿Desde cuándo? —interrumpió él.
—Pues… Desde que, en vez de devolverme el saludo en el tren, me interrogaste acerca de mi anillo: “¿Te vas a casar?…”, preguntaste. Y yo te dije: “¡No, claro que no! Se lo he cogido a mi madre”. ¡Y mira que estaba enfadada contigo porque me habías quitado el sitio!, pero desde entonces supe que no íbamos a parar de hablar nunca. No sé, sería por cómo me miraste. Pero lo intuí todo, Antoñito… Y no me equivoqué.
Una lágrima empezó a deslizarse por el pómulo derecho de Dolores. Antonio, desde su retrato, la apartó como pudo con el pulgar del mismo lado.
—No llores, que si no, lloro yo —le dijo él.

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La línea que nos separa

Todas las tardes, mientras observo la puesta de sol desde la playa, me da por pensar en Natalia. Allí sentado fantaseo con el mundo al que habrá ido a parar. La imagino al otro lado del horizonte, inmersa en uno de esos cuentos que escribía: con palacios de oro, montañas con zancas y soñadores ávidos de aventuras. Muy despacio, a media que el día se va apagando, su retrato va tomando forma y su presencia es cada vez más intensa. Y para cuando el sol desaparece y el horizonte deja de existir, en el instante en el que el azul del agua y el del cielo se confunden y no hay línea que los separe, su imagen se ha hecho tan nítida que cruzo el mar y me reúno con ella.

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El tiempo vuela

El primer día que Anita dejó de venir a casa no me extrañé demasiado. Supuse que estaría enferma o que sus padres la habrían castigado. Pero los días pasaron y tampoco la vi por el cole, o en el autobús o en el parque, y aunque pregunté por ella nadie me supo decir nada. Me di cuenta entonces de las ganas que tenía de contarle la verdad; de decirle que la quería. Pero después conocí a una señora mayor y se estropeó todo. La anciana recordaba a Anita, que ahora se llamaba Ana, y se ve que estaba casada y tenía hijos y nietos. Y yo ya no podía hacer nada.

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Aula 6

Debía de haberla visto cientos de veces, pero hasta el día del examen no me fijé en ella. Supuse que no la conocía porque no era una de las más guapas de la clase ni tampoco, deduje, de las más inteligentes. Así que Cupido tuvo que dar en el blanco porque dejé de responder a las preguntas y centré todo mi interés en aquel ángel de la primera fila. Estudié sus tics nerviosos, su postura encorvada y otros detalles como la cinta del pelo, que atrapaba sus orejas, o el brillo de sus ojos, cansados tras una larga noche de estudio. Pero mi viaje a Babia no duró demasiado, puesto que un alumno se envalentonó y se dirigió a mí: “Profesor, ¿le importaría venir?…”.

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Un mal día

—¡Lo siento!, ¡lo siento mucho, Mike! —exclamó Rosemary mientras plegaba el paraguas.
—Entra, tranquila —Michael le agarró por el antebrazo y la empujó hacia dentro—, venga, vamos, entra antes de que te empapes.
—¡Lo siento!, siempre te hago esperar…
—Tranquila, he aprovechado para llamar a mi madre, que ya sabes lo pesada que se pone cuando llueve y cojo el coche.
—Nosotras… Bueno, la verdad es que Maggie y yo hemos estado mirando el catálogo de la tienda por Internet y hemos empezado más tarde a arreglarnos.
—¿Maggie? Yo pensaba que ibas sola.
—Sí, Mike, en principio sí,  pero es que Maggie y yo ya habíamos quedado y a mí se me había pasado por completo, ya sabes lo despistada que soy…
—Bueno, Rose, tranquila, a mí me da lo mismo llevarte a ti sola o a las dos, pero dile a tu amiga… Espera, ¿es esa de ahí? ¡Por Dios, Rosemary!, ¡si no lleva paraguas! ¡Dile que pase, mujer!, ¡va!, ¡date prisa! —Rosemary bajó la ventanilla e hizo una seña a su amiga para que entrase.
—A veces habla demasiado, te aviso, Mike.
—¡Baja el tono, Rose!, que ya está al lado… —en aquel instante Maggie abrió la puerta trasera.
—¡Hola, Michael! Soy Maggie.
—Encantado, Maggie. Me puedes llamar Mike —añadió sonriendo.
—Es verdad —apostilló Rosemary—, la única que le llama Michael es su madre. Bueno, pero solo los días que llueve y él coge el coche.
—Qué graciosa, Rose… ¿A ti también te avergüenza cuando te presenta a alguien? —preguntó Michael a Maggie.
—A veces sí, Mike… Por cierto, Rose, le has dicho ya…
—Ya le he explicado que te vienes conmigo, no te preocupes —interrumpió Rosemary—. Mike es un trozo de pan, a él nunca le importan estas cosas.
—Sí, claro, Rose, a mí nunca me importan estas cosas… —respondió Michael con ironía.
—En fin, ¿nos vamos ya? —replicó Rosemary.
—Sí, claro, ya voy —entonces Michael giró la llave y el motor del viejo Chevrolet empezó a carraspear.
—Con lo que llueve y a estas horas es mejor ir por el parque, Mike, —puntualizó Rosemary— es mucho más rápido.
—Perfecto, Rose.
—Por cierto —intervino Maggie—,  ¿has hecho ya aquellos dibujos que te pedí, Rose? Los de la campaña.
—Aún no… he estado ocupada —se excusó.
—¿De qué trabajas, Maggie? —curioseó Michael.
—Soy publicitaria.
—¿Publicista? —se extrañó él.
—Sí, bueno, en realidad publicitaria es más preciso, porque cualquiera que escriba para un público es publicista.
—Vaya, no tenía ni idea —admitió Michael.
—Y tú, Mike, ¿de qué trabajas?
—¿Te suena de algo la escritora Karen Blixen? —preguntó Mike.
—¿La autora de Memorias de África? ¿Estudias su obra o algo parecido?
—¡No!, ¡para nada!, no, pero…
—Espera, un momento, ¿vas a contar esa historia otra vez? —interrumpió Rosemary.
—Sí, Rosemary, sí… ¿Pasa algo?
—Es solo que ya la he escuchado como mil veces. Bueno, yo voy a hacer una llamada… —Rosemary sacó el móvil del bolso y se lo pegó a la oreja.
—Perfecto, Rose –respondió Michael.
—Pues sí, sí que conozco a esa escritora. Memorias de África me encantó, tuvo una vida tan emocionante…
—No lo coge —volvió a inmiscuirse Rosemary a los pocos segundos.
—¿Qué no lo coge?, ¿quién? —preguntó Michael.
—Da lo mismo quién no responde a mi llamada… ¡Mira!, justo una gasolinera. ¡Aparca allí! ¡Mike!, ¡por favor!, ¡para allí!
—¿Pero qué quieres comprar ahora en una gasolinera? —inquirió Maggie.
—Nada. Si ni siquiera voy a entrar a la tienda. Es solo que quiero hacer una llamada.
—Si lo que quieres es que no reconozcan tu número, dilo y te dejo mi móvil —aseguró Michael.
—Lleva razón, Rose. O también puedes utilizar el mío, que lo paga la empresa…
—No es eso, lo que pasa es que tengo que hablar de algo privado y… ¡Te vas a pasar la gasolinera, Mike! —exclamó Rosemary—. ¡Ahí!, ¿no la ves?
—Vale, Rose. Tranquilízate —Michael encendió el intermitente y estacionó tan rápido como le fue posible.
—Si necesitas algo, solo dilo —añadió Maggie mientras Rosemary salía del coche.
—Sí, no te preocupes… ¡estoy bien! —Rosemary metió un portazo y empezó a correr hacia la cabina de la gasolinera.
—Pero si acabamos de salir… ¿Tú entiendes algo de lo que está pasando? —preguntó Michael a Maggie.
—No, la verdad es que no. Ya la conoces, siempre se guarda todo para ella…
—Todos esos secretos harán que un día explote —bromeó Michael.
—Y… ¿cuál era esa historia tan aburrida que me ibas a contar?
—Ahora ya no tiene mucho sentido.
—¡Venga, Mike! Seguro que sí —insistió Maggie—. Está relacionada con tu trabajo, ¿no? Entonces me interesará.
—Está bien —comenzó Michael—. Iba a explicarte que a Blixen no solo la conocían por su talento como escritora, sino que, al menos parte de su fama, se la había ganado gracias a las cenas que organizaba en su casa todas las semanas.
—Yo había escuchado la leyenda de que solo se alimentaba de champán y ostras.
—Sí, pero yo me refiero a otra cosa —continuó—. Al evento acudía la flor y nata del continente, te lo puedes imaginar: escritores, políticos, abogados… Gente que admiraba a Blixen y a quienes Blixen admiraba. Y son esos pocos afortunados a quienes, al terminar de comer, Blixen relataba un cuento que se inventaba sobre la marcha. Solo le hacía falta que alguien empezara una historia y entonces ella le daba forma con una fluidez asombrosa. Y lo hacía tan bien, que algunos comparaban aquellas historias con las que tardaba horas en escribir —Michael dejó de hablar y miró a Maggie.
—No acabo de comprender por dónde vas… —admitió ella.
—En cierto modo, yo hago algo similar a lo que Blixen hacía en sus cenas: mi trabajo consiste en escribir, pero donde realmente me luzco es delante del público.
—Entonces eres…
—Soy monologuista.
—¡Qué dices! ¡Vaya! Tiene gracia…
—Sí, ya sé que no es un trabajo muy serio. Por eso siempre cuento la misma historia al principio… para suavizar.
—¡No! Digo que tiene gracia porque tú también eres publicista… Sí, ya sabes, porque compartes tus monólogos en público. ¿Ves?, ya tenemos algo en común.
—¡Entonces parece que nos vamos a llevar bien…! —ambos rieron.
—¡Qué día más extraño! —suspiró Maggie.
—¡Qué desastre de día!, más bien. No deja de llover y tú metida en el coche con un monologuista.
—¡No es eso! Hoy ha sido un día extraño porque, entiéndelo, hace veinte minutos ni siquiera te conocía y ahora estamos charlando como si nada.
—Hay personas que simplemente conectan. No sé cómo explicarlo.
—¿Sabes con quién conectaba así? Con mi abuela. Hace ya un tiempo que murió, pero continúo sin poder sacármela de la cabeza.
—Las personas nunca se van del todo.
—Exacto… Todavía recuerdo la casa que tenía en las afueras de la ciudad: una de esas enormes casas de campo rodeadas por una valla de madera. Mis padres y yo solíamos pasar mucho tiempo con la abuela. Era una mujer increíble: fumaba en pipa y se pasaba el día discutiendo con los hombres acerca de fluctuaciones de mercado y transacciones. Pero ya apenas recuerdo nada. ¿Te lo puedes creer? Mi abuela era la mujer más interesante que he conocido y lo único que recuerdo es una estúpida superstición: “¡Maggie, ten cuidado y no pises los hormigueros o lloverá!”, solía decirme. ¿Pero qué tendrá que ver un hormiguero con que llueva? —inquirió Maggie.
—No lo sé —contestó Michael con dulzura.
—En fin. Imagíname. Tenía seis años y yo ya iba por ahí aleccionando al resto de críos: “¡Que lloverá!, ¿me oyes? No lo pises o lloverá”. Todos los niños me odiaban. Y desde entonces, siempre que llueve tengo la sensación de que he hecho algo mal, incluso ahora con veintiséis años.
—Escucha —comenzó Michael con las cejas enarcadas—, creo que voy a empezar a contar esa historia. De verdad. Le da mil vueltas a la de Karen Blixen.
—¿Tú crees?
—Sí, por supuesto, cuando se me ocurra cómo introducir a un monologuista que pisotee hormigueros, será genial —Maggie sonrió e instintivamente acarició el brazo de Michael.
—Está empezando a llover más fuerte —continuó Maggie.
—Sí… —Michael trató de buscar aquella mano con la suya, pero no la encontró.
—¿Rose se ha llevado el paraguas?
—No, está aquí —aclaró Michael—,  en el asiento del copiloto.
—Ya hace un buen rato que ha salido, ¿verdad? ¿Crees que deberíamos ir a buscarla?
—No, no te preocupes… A Rose le encanta hablar por teléfono.
—Eso es verdad. Pero para cuando llegue parecerá una regadera… —comentó Maggie.
—Mira, compruébalo tú misma. Por ahí viene.
—¿Seguro que es esa?, ¿la que viene corriendo?
—Sí. Y se va a matar como no desacelere…
—Solo a ella se le ocurre salir sin paraguas con la que está cayendo.
—Oye, antes de que entre Rose… estaba pensando que si alguna vez te ponen al frente de una campaña de paraguas, podías basarte en una escena similar. La imagen sería la misma: está lloviendo a cántaros y Rosemary corre hacia un coche, sin paraguas, claro, y entonces se cae de espaldas, o de bruces, eso como mejor creas que influya en el público, y de repente aparece un eslogan: “¡Si no quiere ser esta mujer, cómprese un paraguas!”, y luego muestras la marca y…
—¡Mike! —interrumpió Maggie.
—¡Madre mía! ¡Por poco me mato! —exclamó Rosemary.
—Ya lo hemos visto, ya… —contestó Maggie, temblando de la risa.
—¡Me he dejado el paraguas! ¿Os habías dado cuenta de que he salido sin el paraguas? —Nadie quiso hablar—. ¿Por qué me miráis así?, ¿qué pasa? ¿Acaso me he caído?, no. Pues no entiendo qué os hace tanta gracia…
—Nada, querida —Respondió Michael entre risas.
—Pues venga, Mike, arranca de una vez.
—Vale, Rose.
—Bueno, ¿y de qué habéis estado hablando? Porque yo no me lo he pasado tan bien en la cabina…
—Esto… Por cierto, Rose, ¿no me habías dicho que ibas a comprar un frigorífico? —Michael creyó más oportuno cambiar de tema—. Sí, me dijiste eso. Querías que tirase hielitos y que tuviera una pantalla táctil para… no lo sé,  pero, ¿para qué tanto modelito si vas a comprar una nevera?
—Pues, Mike, el caso es que…
—Ni siquiera para mi graduación te pusiste tan guapa, y allí estaba todo el mundo: aquellos chicos tan guapos de teatro, el quarterback del que te enamoraste… —interrumpió él.
—Sí, Mike, pero es que no voy solo a comprar un frigorífico. El caso es que uno de los vendedores…
—¡El dependiente! —exclamó Michael—. ¿Del que me estuviste hablando ayer por la tarde?
—Exacto.
—Por Dios, Rose, me dijiste que tenía una empresa.
—¡Sí!, bueno. Tal vez exageré…
—Lo exageraste muchísimo, Rose —concretó Michael.
—¿Te crees mejor que él?
—¡No! ¡Rose! No estoy diciendo eso.
—Al menos él todavía no me ha destrozado ninguna cámara…
—¡Rose!, ¿qué dices? Lo de la cámara te lo expliqué. ¡Y tú lo viste!, ¡sí! Se me resbaló porque a ti te había dado por dejarla encima de tu antigua nevera. Decías que era el lugar perfecto, porque allí la tenías a mano para inmortalizar tus platos, ¿recuerdas?
—Sí, Michael…
—¿Tú has visto su nevera, Maggie?
—Sí —se apresuró en contestar Maggie.
—Pues ya sabes que es un mastodonte, y yo no es que sea precisamente muy alto… Un día intenté coger la cámara porque Rose me la había pedido y, eso, que se me resbaló. ¡Pero fue sin querer, Rose! ¡Tú lo viste! Además, solo se rayó un poco la pantalla, yo no te la destrocé…
—Vale, Michael… —añadió Rosemary con desazón.
—Pues ya está —contestó él.
—Bueno, chicos —intervino Maggie—, venga, ya basta….
—Llevas razón, Maggie… Por cierto, ¿tú también vas a comprar algo?, ¿o solo acompañas a Rose?
—Ten cuidado con ese, que va a cruzar la carretera sin mirar, ya verás —interrumpió Rosemary.
—Sí, ya lo he visto, Rose.
—Yo, Michael, digo, Mike, yo en realidad voy solo con ella hasta el centro comercial. A mí también se me olvidó que hoy tenía una cita.
—¿Una cita? —preguntó Michael en un tono más agudo de lo habitual.
—Sí, ha dicho una cita, Mike. Una cita…
—No, no pienses mal, Mike. Hacía semanas que ya había quedado y…
—Maggie, no tienes por qué dar ninguna explicación a Mike, lo acabas de conocer.
—Pero no quiero que entienda algo que no es —contestó Maggie.
—Bueno, ya casi hemos llegado —anunció Rosemary—. Mira, Mike, se entra por allí. Déjanos cerca de la puerta principal, para que no nos mojemos.
—Antes de irte, Rose, explícanos eso de la llamada. Has venido muy alterada de la cabina. Espero que no estuvieras hablando con el dependiente al que vas a ver, ¿verdad? —inquirió Michael—. Porque solo te faltaba eso.
—¡Claro que no, Mike! ¿Estás loco? Al dependiente lo utilizo para dar celos a otro —hubo un silencio.
—Mike —comenzó Maggie de nuevo—, yo ya había quedado, pero no con nadie en especial. Bueno, sí, con mis padres.
—¡Ah! —exclamó Michael—, con la familia…
—Maggie, tú vete preparando para salir del coche, que llegamos en nada, venga.
—Oye, Maggie, ¿dónde viven tus padres? —se interesó Michael.
—A un par de kilómetros de aquí, no te preocupes, con el autobús llego en diez minutos.
—Ya te llevo yo. Con el tiempo que hace no voy a dejar que te quedes esperando al autobús.
—Gracias, Mike, pero, de verdad, no quiero molestarte.
—¿Molestarme? Tú no me molestas. El autobús es un engorro… A estas horas vas a encontrarte con todos esos pesados de autobús; y probablemente uno se sentará a tu lado y te empezará a incordiar: “¡Hola! ¿De dónde eres?”, te dirá, como si estuvieras tan desesperada como él y necesitaras ligar en un autobús.
—Bueno, si te va bien… la verdad es que me harías un favor porque hoy no tengo ganas de flirtear con uno de esos pesados, son relaciones que no avanzan —bromeó Maggie.
—¡Al fin! —exclamó Rosemary—. Vamos, Maggie.
—Rose, Mike se ha ofrecido para llevarme a casa. ¿No escuchabas?
—No —contestó Rose mientras bajaba del coche.
—¿Seguro que estarás bien sola? —le preguntó Maggie.
—Sí, no te preocupes. Esto… ¡Gracias, Mike! Qué iba a decirte yo… ¿Entonces os vais juntos al final? —los dos asintieron—. Pues llevad cuidado. ¡Bueno!, ¡adiós!
—¡Adiós, Rose! —chillaron los otros mientras Rosemary se alejaba.
—¿He visto lágrimas? —susurró Michael al poco de desaparecer Rosemary.
—Imposible, sería la lluvia, Mike. Seguro que no… Desde que la conozco, nunca la he visto llorar.
—Me lo habré imaginado.
—Supongo… Bueno, ¿vamos?
—Sí, vamos ya.

¿Me oyes?
Sí, dime.
Antes de nada, la primera vez te he colgado porque iba en el coche y no me he atrevido.
¿Qué ha pasado?
Que… el plan, de lo que estuvimos hablando, va fatal. No recordaba que ya había quedado con Maggie. Y ya sabes cómo es Maggie. Ella siempre me anula con los hombres…
¿Ha dicho algo a Mike?
No. Pero es que ni si quiera ha hecho falta. A ella no le hacen falta esas cosas. Dios, estos van a congeniar. Te lo digo yo. Encima hoy Michael está tan guapo…
Espera, ¿vas a llevarla a cenar con vosotros?
¡No!, ¡claro que no!
¿Y qué vas a hacer?
No lo sé: increparla, deshacerme de ella. Mira, hace un rato que se han quedado a solas en el coche y… ¡seguro que ya están intimando! Es imposible resistirse a Maggie. Ella es perfecta, sí, maldita sea, ¡perfecta!
Tranquilízate, Rose, ahora mismo se estarán muriendo del aburrimiento, sin decir nada. Tú continúa con el plan. Dile que te acompañe a ver al dependiente y cuando llegues a la tienda le dices que no está, que te ha dejado plantada, y a partir de ahí ya es fácil.
No es tan fácil.
Hazme caso, solo tienes que deshacerte antes de Maggie.
Eso sí lo puedo hacer. Ella tiene que coger un autobús en el centro comercial, por eso ha venido en el coche con nosotros.
Entonces perfecto. Ahora sigue el plan.
¡Vale! Te cuelgo, que ya hace un rato que les he dejado solos.
Y Rose, recuerda: no te alteres. Si mantienes el tipo, ya verás como todo sale bien.  
¡Gracias! Es que estoy atacada. Llevas razón, seguro que se están muriendo de aburrimiento. Bueno, luego hablamos y te explico cómo ha ido todo… ¡Adiós!

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Perdón

Abrí la puerta y enseguida los dejé pasar: a él, porque traía un regalo; y, al regalo, porque significaba que lo había hecho sin querer.

 

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