Un mal día

—¡Lo siento!, ¡lo siento mucho, Mike! —exclamó Rosemary mientras plegaba el paraguas.
—Entra, tranquila —Michael le agarró por el antebrazo y la empujó hacia dentro—, venga, vamos, entra antes de que te empapes.
—¡Lo siento!, siempre te hago esperar…
—Tranquila, he aprovechado para llamar a mi madre, que ya sabes lo pesada que se pone cuando llueve y cojo el coche.
—Nosotras… Bueno, la verdad es que Maggie y yo hemos estado mirando el catálogo de la tienda por Internet y hemos empezado más tarde a arreglarnos.
—¿Maggie? Yo pensaba que ibas sola.
—Sí, Mike, en principio sí,  pero es que Maggie y yo ya habíamos quedado y a mí se me había pasado por completo, ya sabes lo despistada que soy…
—Bueno, Rose, tranquila, a mí me da lo mismo llevarte a ti sola o a las dos, pero dile a tu amiga… Espera, ¿es esa de ahí? ¡Por Dios, Rosemary!, ¡si no lleva paraguas! ¡Dile que pase, mujer!, ¡va!, ¡date prisa! —Rosemary bajó la ventanilla e hizo una seña a su amiga para que entrase.
—A veces habla demasiado, te aviso, Mike.
—¡Baja el tono, Rose!, que ya está al lado… —en aquel instante Maggie abrió la puerta trasera.
—¡Hola, Michael! Soy Maggie.
—Encantado, Maggie. Me puedes llamar Mike —añadió sonriendo.
—Es verdad —apostilló Rosemary—, la única que le llama Michael es su madre. Bueno, pero solo los días que llueve y él coge el coche.
—Qué graciosa, Rose… ¿A ti también te avergüenza cuando te presenta a alguien? —preguntó Michael a Maggie.
—A veces sí, Mike… Por cierto, Rose, le has dicho ya…
—Ya le he explicado que te vienes conmigo, no te preocupes —interrumpió Rosemary—. Mike es un trozo de pan, a él nunca le importan estas cosas.
—Sí, claro, Rose, a mí nunca me importan estas cosas… —respondió Michael con ironía.
—En fin, ¿nos vamos ya? —replicó Rosemary.
—Sí, claro, ya voy —entonces Michael giró la llave y el motor del viejo Chevrolet empezó a carraspear.
—Con lo que llueve y a estas horas es mejor ir por el parque, Mike, —puntualizó Rosemary— es mucho más rápido.
—Perfecto, Rose.
—Por cierto —intervino Maggie—,  ¿has hecho ya aquellos dibujos que te pedí, Rose? Los de la campaña.
—Aún no… he estado ocupada —se excusó.
—¿De qué trabajas, Maggie? —curioseó Michael.
—Soy publicitaria.
—¿Publicista? —se extrañó él.
—Sí, bueno, en realidad publicitaria es más preciso, porque cualquiera que escriba para un público es publicista.
—Vaya, no tenía ni idea —admitió Michael.
—Y tú, Mike, ¿de qué trabajas?
—¿Te suena de algo la escritora Karen Blixen? —preguntó Mike.
—¿La autora de Memorias de África? ¿Estudias su obra o algo parecido?
—¡No!, ¡para nada!, no, pero…
—Espera, un momento, ¿vas a contar esa historia otra vez? —interrumpió Rosemary.
—Sí, Rosemary, sí… ¿Pasa algo?
—Es solo que ya la he escuchado como mil veces. Bueno, yo voy a hacer una llamada… —Rosemary sacó el móvil del bolso y se lo pegó a la oreja.
—Perfecto, Rose –respondió Michael.
—Pues sí, sí que conozco a esa escritora. Memorias de África me encantó, tuvo una vida tan emocionante…
—No lo coge —volvió a inmiscuirse Rosemary a los pocos segundos.
—¿Qué no lo coge?, ¿quién? —preguntó Michael.
—Da lo mismo quién no responde a mi llamada… ¡Mira!, justo una gasolinera. ¡Aparca allí! ¡Mike!, ¡por favor!, ¡para allí!
—¿Pero qué quieres comprar ahora en una gasolinera? —inquirió Maggie.
—Nada. Si ni siquiera voy a entrar a la tienda. Es solo que quiero hacer una llamada.
—Si lo que quieres es que no reconozcan tu número, dilo y te dejo mi móvil —aseguró Michael.
—Lleva razón, Rose. O también puedes utilizar el mío, que lo paga la empresa…
—No es eso, lo que pasa es que tengo que hablar de algo privado y… ¡Te vas a pasar la gasolinera, Mike! —exclamó Rosemary—. ¡Ahí!, ¿no la ves?
—Vale, Rose. Tranquilízate —Michael encendió el intermitente y estacionó tan rápido como le fue posible.
—Si necesitas algo, solo dilo —añadió Maggie mientras Rosemary salía del coche.
—Sí, no te preocupes… ¡estoy bien! —Rosemary metió un portazo y empezó a correr hacia la cabina de la gasolinera.
—Pero si acabamos de salir… ¿Tú entiendes algo de lo que está pasando? —preguntó Michael a Maggie.
—No, la verdad es que no. Ya la conoces, siempre se guarda todo para ella…
—Todos esos secretos harán que un día explote —bromeó Michael.
—Y… ¿cuál era esa historia tan aburrida que me ibas a contar?
—Ahora ya no tiene mucho sentido.
—¡Venga, Mike! Seguro que sí —insistió Maggie—. Está relacionada con tu trabajo, ¿no? Entonces me interesará.
—Está bien —comenzó Michael—. Iba a explicarte que a Blixen no solo la conocían por su talento como escritora, sino que, al menos parte de su fama, se la había ganado gracias a las cenas que organizaba en su casa todas las semanas.
—Yo había escuchado la leyenda de que solo se alimentaba de champán y ostras.
—Sí, pero yo me refiero a otra cosa —continuó—. Al evento acudía la flor y nata del continente, te lo puedes imaginar: escritores, políticos, abogados… Gente que admiraba a Blixen y a quienes Blixen admiraba. Y son esos pocos afortunados a quienes, al terminar de comer, Blixen relataba un cuento que se inventaba sobre la marcha. Solo le hacía falta que alguien empezara una historia y entonces ella le daba forma con una fluidez asombrosa. Y lo hacía tan bien, que algunos comparaban aquellas historias con las que tardaba horas en escribir —Michael dejó de hablar y miró a Maggie.
—No acabo de comprender por dónde vas… —admitió ella.
—En cierto modo, yo hago algo similar a lo que Blixen hacía en sus cenas: mi trabajo consiste en escribir, pero donde realmente me luzco es delante del público.
—Entonces eres…
—Soy monologuista.
—¡Qué dices! ¡Vaya! Tiene gracia…
—Sí, ya sé que no es un trabajo muy serio. Por eso siempre cuento la misma historia al principio… para suavizar.
—¡No! Digo que tiene gracia porque tú también eres publicista… Sí, ya sabes, porque compartes tus monólogos en público. ¿Ves?, ya tenemos algo en común.
—¡Entonces parece que nos vamos a llevar bien…! —ambos rieron.
—¡Qué día más extraño! —suspiró Maggie.
—¡Qué desastre de día!, más bien. No deja de llover y tú metida en el coche con un monologuista.
—¡No es eso! Hoy ha sido un día extraño porque, entiéndelo, hace veinte minutos ni siquiera te conocía y ahora estamos charlando como si nada.
—Hay personas que simplemente conectan. No sé cómo explicarlo.
—¿Sabes con quién conectaba así? Con mi abuela. Hace ya un tiempo que murió, pero continúo sin poder sacármela de la cabeza.
—Las personas nunca se van del todo.
—Exacto… Todavía recuerdo la casa que tenía en las afueras de la ciudad: una de esas enormes casas de campo rodeadas por una valla de madera. Mis padres y yo solíamos pasar mucho tiempo con la abuela. Era una mujer increíble: fumaba en pipa y se pasaba el día discutiendo con los hombres acerca de fluctuaciones de mercado y transacciones. Pero ya apenas recuerdo nada. ¿Te lo puedes creer? Mi abuela era la mujer más interesante que he conocido y lo único que recuerdo es una estúpida superstición: “¡Maggie, ten cuidado y no pises los hormigueros o lloverá!”, solía decirme. ¿Pero qué tendrá que ver un hormiguero con que llueva? —inquirió Maggie.
—No lo sé —contestó Michael con dulzura.
—En fin. Imagíname. Tenía seis años y yo ya iba por ahí aleccionando al resto de críos: “¡Que lloverá!, ¿me oyes? No lo pises o lloverá”. Todos los niños me odiaban. Y desde entonces, siempre que llueve tengo la sensación de que he hecho algo mal, incluso ahora con veintiséis años.
—Escucha —comenzó Michael con las cejas enarcadas—, creo que voy a empezar a contar esa historia. De verdad. Le da mil vueltas a la de Karen Blixen.
—¿Tú crees?
—Sí, por supuesto, cuando se me ocurra cómo introducir a un monologuista que pisotee hormigueros, será genial —Maggie sonrió e instintivamente acarició el brazo de Michael.
—Está empezando a llover más fuerte —continuó Maggie.
—Sí… —Michael trató de buscar aquella mano con la suya, pero no la encontró.
—¿Rose se ha llevado el paraguas?
—No, está aquí —aclaró Michael—,  en el asiento del copiloto.
—Ya hace un buen rato que ha salido, ¿verdad? ¿Crees que deberíamos ir a buscarla?
—No, no te preocupes… A Rose le encanta hablar por teléfono.
—Eso es verdad. Pero para cuando llegue parecerá una regadera… —comentó Maggie.
—Mira, compruébalo tú misma. Por ahí viene.
—¿Seguro que es esa?, ¿la que viene corriendo?
—Sí. Y se va a matar como no desacelere…
—Solo a ella se le ocurre salir sin paraguas con la que está cayendo.
—Oye, antes de que entre Rose… estaba pensando que si alguna vez te ponen al frente de una campaña de paraguas, podías basarte en una escena similar. La imagen sería la misma: está lloviendo a cántaros y Rosemary corre hacia un coche, sin paraguas, claro, y entonces se cae de espaldas, o de bruces, eso como mejor creas que influya en el público, y de repente aparece un eslogan: “¡Si no quiere ser esta mujer, cómprese un paraguas!”, y luego muestras la marca y…
—¡Mike! —interrumpió Maggie.
—¡Madre mía! ¡Por poco me mato! —exclamó Rosemary.
—Ya lo hemos visto, ya… —contestó Maggie, temblando de la risa.
—¡Me he dejado el paraguas! ¿Os habías dado cuenta de que he salido sin el paraguas? —Nadie quiso hablar—. ¿Por qué me miráis así?, ¿qué pasa? ¿Acaso me he caído?, no. Pues no entiendo qué os hace tanta gracia…
—Nada, querida —Respondió Michael entre risas.
—Pues venga, Mike, arranca de una vez.
—Vale, Rose.
—Bueno, ¿y de qué habéis estado hablando? Porque yo no me lo he pasado tan bien en la cabina…
—Esto… Por cierto, Rose, ¿no me habías dicho que ibas a comprar un frigorífico? —Michael creyó más oportuno cambiar de tema—. Sí, me dijiste eso. Querías que tirase hielitos y que tuviera una pantalla táctil para… no lo sé,  pero, ¿para qué tanto modelito si vas a comprar una nevera?
—Pues, Mike, el caso es que…
—Ni siquiera para mi graduación te pusiste tan guapa, y allí estaba todo el mundo: aquellos chicos tan guapos de teatro, el quarterback del que te enamoraste… —interrumpió él.
—Sí, Mike, pero es que no voy solo a comprar un frigorífico. El caso es que uno de los vendedores…
—¡El dependiente! —exclamó Michael—. ¿Del que me estuviste hablando ayer por la tarde?
—Exacto.
—Por Dios, Rose, me dijiste que tenía una empresa.
—¡Sí!, bueno. Tal vez exageré…
—Lo exageraste muchísimo, Rose —concretó Michael.
—¿Te crees mejor que él?
—¡No! ¡Rose! No estoy diciendo eso.
—Al menos él todavía no me ha destrozado ninguna cámara…
—¡Rose!, ¿qué dices? Lo de la cámara te lo expliqué. ¡Y tú lo viste!, ¡sí! Se me resbaló porque a ti te había dado por dejarla encima de tu antigua nevera. Decías que era el lugar perfecto, porque allí la tenías a mano para inmortalizar tus platos, ¿recuerdas?
—Sí, Michael…
—¿Tú has visto su nevera, Maggie?
—Sí —se apresuró en contestar Maggie.
—Pues ya sabes que es un mastodonte, y yo no es que sea precisamente muy alto… Un día intenté coger la cámara porque Rose me la había pedido y, eso, que se me resbaló. ¡Pero fue sin querer, Rose! ¡Tú lo viste! Además, solo se rayó un poco la pantalla, yo no te la destrocé…
—Vale, Michael… —añadió Rosemary con desazón.
—Pues ya está —contestó él.
—Bueno, chicos —intervino Maggie—, venga, ya basta….
—Llevas razón, Maggie… Por cierto, ¿tú también vas a comprar algo?, ¿o solo acompañas a Rose?
—Ten cuidado con ese, que va a cruzar la carretera sin mirar, ya verás —interrumpió Rosemary.
—Sí, ya lo he visto, Rose.
—Yo, Michael, digo, Mike, yo en realidad voy solo con ella hasta el centro comercial. A mí también se me olvidó que hoy tenía una cita.
—¿Una cita? —preguntó Michael en un tono más agudo de lo habitual.
—Sí, ha dicho una cita, Mike. Una cita…
—No, no pienses mal, Mike. Hacía semanas que ya había quedado y…
—Maggie, no tienes por qué dar ninguna explicación a Mike, lo acabas de conocer.
—Pero no quiero que entienda algo que no es —contestó Maggie.
—Bueno, ya casi hemos llegado —anunció Rosemary—. Mira, Mike, se entra por allí. Déjanos cerca de la puerta principal, para que no nos mojemos.
—Antes de irte, Rose, explícanos eso de la llamada. Has venido muy alterada de la cabina. Espero que no estuvieras hablando con el dependiente al que vas a ver, ¿verdad? —inquirió Michael—. Porque solo te faltaba eso.
—¡Claro que no, Mike! ¿Estás loco? Al dependiente lo utilizo para dar celos a otro —hubo un silencio.
—Mike —comenzó Maggie de nuevo—, yo ya había quedado, pero no con nadie en especial. Bueno, sí, con mis padres.
—¡Ah! —exclamó Michael—, con la familia…
—Maggie, tú vete preparando para salir del coche, que llegamos en nada, venga.
—Oye, Maggie, ¿dónde viven tus padres? —se interesó Michael.
—A un par de kilómetros de aquí, no te preocupes, con el autobús llego en diez minutos.
—Ya te llevo yo. Con el tiempo que hace no voy a dejar que te quedes esperando al autobús.
—Gracias, Mike, pero, de verdad, no quiero molestarte.
—¿Molestarme? Tú no me molestas. El autobús es un engorro… A estas horas vas a encontrarte con todos esos pesados de autobús; y probablemente uno se sentará a tu lado y te empezará a incordiar: “¡Hola! ¿De dónde eres?”, te dirá, como si estuvieras tan desesperada como él y necesitaras ligar en un autobús.
—Bueno, si te va bien… la verdad es que me harías un favor porque hoy no tengo ganas de flirtear con uno de esos pesados, son relaciones que no avanzan —bromeó Maggie.
—¡Al fin! —exclamó Rosemary—. Vamos, Maggie.
—Rose, Mike se ha ofrecido para llevarme a casa. ¿No escuchabas?
—No —contestó Rose mientras bajaba del coche.
—¿Seguro que estarás bien sola? —le preguntó Maggie.
—Sí, no te preocupes. Esto… ¡Gracias, Mike! Qué iba a decirte yo… ¿Entonces os vais juntos al final? —los dos asintieron—. Pues llevad cuidado. ¡Bueno!, ¡adiós!
—¡Adiós, Rose! —chillaron los otros mientras Rosemary se alejaba.
—¿He visto lágrimas? —susurró Michael al poco de desaparecer Rosemary.
—Imposible, sería la lluvia, Mike. Seguro que no… Desde que la conozco, nunca la he visto llorar.
—Me lo habré imaginado.
—Supongo… Bueno, ¿vamos?
—Sí, vamos ya.

¿Me oyes?
Sí, dime.
Antes de nada, la primera vez te he colgado porque iba en el coche y no me he atrevido.
¿Qué ha pasado?
Que… el plan, de lo que estuvimos hablando, va fatal. No recordaba que ya había quedado con Maggie. Y ya sabes cómo es Maggie. Ella siempre me anula con los hombres…
¿Ha dicho algo a Mike?
No. Pero es que ni si quiera ha hecho falta. A ella no le hacen falta esas cosas. Dios, estos van a congeniar. Te lo digo yo. Encima hoy Michael está tan guapo…
Espera, ¿vas a llevarla a cenar con vosotros?
¡No!, ¡claro que no!
¿Y qué vas a hacer?
No lo sé: increparla, deshacerme de ella. Mira, hace un rato que se han quedado a solas en el coche y… ¡seguro que ya están intimando! Es imposible resistirse a Maggie. Ella es perfecta, sí, maldita sea, ¡perfecta!
Tranquilízate, Rose, ahora mismo se estarán muriendo del aburrimiento, sin decir nada. Tú continúa con el plan. Dile que te acompañe a ver al dependiente y cuando llegues a la tienda le dices que no está, que te ha dejado plantada, y a partir de ahí ya es fácil.
No es tan fácil.
Hazme caso, solo tienes que deshacerte antes de Maggie.
Eso sí lo puedo hacer. Ella tiene que coger un autobús en el centro comercial, por eso ha venido en el coche con nosotros.
Entonces perfecto. Ahora sigue el plan.
¡Vale! Te cuelgo, que ya hace un rato que les he dejado solos.
Y Rose, recuerda: no te alteres. Si mantienes el tipo, ya verás como todo sale bien.  
¡Gracias! Es que estoy atacada. Llevas razón, seguro que se están muriendo de aburrimiento. Bueno, luego hablamos y te explico cómo ha ido todo… ¡Adiós!

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Perdón

Abrí la puerta y enseguida los dejé pasar: a él, porque traía un regalo; y, al regalo, porque significaba que lo había hecho sin querer.

 

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El espía

La profesora de baile siempre se acostaba temprano debido a las exigencias de su trabajo. Por eso era extraño que aún hubiera luz en su dormitorio. Supuse que estaría enferma y que la fiebre no la dejaba dormir. La mañana siguiente iba a ser un tedio, sin el vaivén de piernas ni el contoneo de los tutús de sus alumnas. Cogí los prismáticos y apunté a un resquicio que la cortina no había llegado a cubrir. Después enfoqué las lentes hasta que vi a la profesora a través de la ventana. Estaba despierta y tenía los ojos fijos en mí.

 

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Resplandor

Cuenta la leyenda que una vez nació un príncipe con un don tan insólito, que su propio padre lo confinó de por vida. El rey sabía que si no alejaba a su hijo de la mirada envidiosa de los hombres, tarde o temprano alguno se incautaría de su poder. Conque apenas unos días después de que naciera ordenó construir una torre donde recluirlo. Y para asegurarse de que estaba a salvo, hizo cavar una fosa tan profunda a su alrededor, que un océano podría haber recorrido su lecho sin desbordarse. Además, en la escabrosa y larguirucha pasarela que comunicaba el fortín con el castillo emplazó a un centenar de sus esgrimidores más diestros. Y siendo ya imposible acercarse al príncipe, para que al cabo del tiempo el mundo lo olvidara, el rey cortó la lengua a todo aquel que presenció su parto y también a los soldados que lo protegían.

Aunque muchos pensaron que su soberano había perdido la cabeza, aquella era la reacción lógica en semejante situación: pues el bebé resplandecía. Asimismo, el rey, la reina y todos aquellos que asistieron a su nacimiento se percataron de que no solo refulgía, sino que el príncipe transmitía y perdía su poder si le tocaban. De hecho, la reina resplandeció durante algunos segundos durante el parto. Pero ni los duques, ni los marqueses ni el resto de servidumbre osaron acercarse por temor a lo que el príncipe pudiera hacerles. Y, en realidad, incluso él mismo desconoció siempre de lo que era capaz. Para él, el resplandor no era otra cosa que un rutilante halo del que le era imposible escapar, encarcelado como estaba en aquel tabuco. Y aun cuando pasó tantos años allí dentro que se consideró un hombre, no tuvo una mísera razón por la que no regalar aquel fulgor a otro cualquiera, porque aquello se parecía más a un castigo que a un don.

De haber sido en verdad un confinamiento perpetuo, no cabía duda de que el príncipe hubiese enloquecido. Sin embargo, antes de lo previsto, un sacerdote llamó a la puerta.

—¡Señor!, ¡señor!, ¡señor!

Un fraile de la corte golpeaba la puerta, utilizando su bastón como si fuera una aldaba.

—¿Qué sucede, sacerdote?

—Sus Majestades —continuó, afligido y tartamudeando— los Reyes, sus padres…

—¿Están bien? —inquirió el príncipe.

—No. Era eso. Una emboscada. Espadas. Y flechas por todas partes… Los mataron.

—Los mataron… —repitió—.

—Sí.

—¿Y ahora…?

—¿Y ahora? ¿Ahora qué quiere que haga, Su Majestad?

El novicio rey se encontraba ante un poder aun más desconocido que el suyo: el de las órdenes. Pero por muy inocente que fuera, aquello lo llevaba en la sangre. Era un líder innato. Y tanto fue así, que con unas cuantas palabras y algún que otro gesto aquella misma tarde derribaron la torre ruinosa que le había servido de morada. No obstante, aquel acto de gallardía no le libraba de su terrible fobia a las personas. Por mucho que se esforzó durante los años que siguieron, no se libró de aquel miedo hasta que empezó a fijarse, a hurtadillas, en las mujeres de la corte. Y fue el día en que se enamoró, cuando por fin se deshizo de su temor.

Entonces, quiso recuperar todo el tiempo que había perdido y, en consecuencia, entregó su corazón sin ningún tipo de cuidado ni sospecha. Ella era grácil como aquellos pajarillos a los que oía revolotear por las mañanas, sencilla, tierna y, sobre todo, sincera. El rey creyó que había dado con la mujer indicada; y para demostrarle su amor, un día decidió prestarle lo más preciado que poseía: su don. Naturalmente, al principio ella no aceptó. Pero el rey insistió con tal porfía, que aquella misma tarde se lo llevó con ella. Porque, además, no dejó que se quedara en su castillo; de nada valía prestarle el brillo si la encerraba en su alcázar. Así, ella caminó los cien metros que la separaban de la aldea y, desde allí, los otros cincuenta pasos hasta su pequeño hogar.

Cuando llegó a su casa, todos se asustaron. No porque no supieran de dónde venía aquel fulgor, puesto que los rumores se expandieron con rapidez aun con las lenguas que se cortaron; sino por la cruenta represalia del bisoño monarca. Pero al conocer la relación entre el rey y su hija, la madre también quiso probar aquella sensación. La idea de resplandecer igual que el fuego o las estrellas le tentaba demasiado como para dejarla escapar. Sin embargo, solo le duró hasta que su marido volvió de la taberna. Y ni siquiera el padre, que era uno de los hombres más fuertes y respetados del pueblo, pudo conservar el resplandor más de un par de días. Sus amigos de la taberna tampoco se resistieron.

Una vez los enamorados se volvieron a reunir y ella explicó al rey lo sucedido, al él no le importó. Ya no pretendía conservar el halo, sino a ella. Pero su amada fue incapaz de perdonárselo. Entristeció y en adelante apenas pudo mirar al rey a la cara. A él le dolió tanto que ella no dejase de pensar en que había perdido el brillo, que se juró que lo recuperaría. Así es que abandonó la aldea para viajar de pista en pista tras la estela de su fulgor. Y en el tiempo que duró la persecución, solo volvía al castillo a fin de cerciorarse de que la angustiada mujer todavía le amaba; y apenas pasaba la noche con ella, que ya partía aprisa para reanudar su búsqueda. Aunque cuando dio con el último vándalo que había conseguido el codiciado resplandor, no regresó a su hogar en casi un año.

El ladrón era un tipo escurridizo donde los haya. Corría tanto, que al rey le costaba una semana acortarle unos pocos centímetros. Pero por su vehemencia y por el amor que le colmaba, el rey consiguió estar tan cerca del pícaro, que cuando él le vio, con objeto de no perder más distancia, nunca más volvió a girarse. Y no volverse fue también una buena medida para olvidar al maremágnum de perseguidores que, como el rey, corrían detrás de él con todas sus fuerzas.

Al final fueron tantos los que ansiaban atraparle, que cortaron todos los caminos que el vándalo podía tomar, y así lo acorralaron en un precipicio. Cuando el pícaro dio de bruces con la sima, se giró por primera vez desde que el rey lo perseguía. Allí tenía a un millar de hombres dispuestos a rebanarle el cuello con sus espadas; y más de uno incluso lo hubiese hecho con sus manos. Él, sin pensárselo dos veces, volvió a dar media vuelta y se arrojó al vacío. La fosa era tan profunda que ni siquiera oyeron el impacto. Entonces, la ingente marea de perseguidores también dio media vuelta y volvió cabizbaja y apesadumbrada a sus casas. Pero en cambio, al rey le invadió una alegría insospechada. Hacía mucho tiempo que no tenía ocasión de parar y mirar a su alrededor. Efectivamente, se encontraba junto al castillo donde había nacido, y todavía más cerca de la torre que mandó destruir. «El pícaro estará viviendo en el fondo de la sima, en el sucio cuchitril del que yo me desprendí», pensó el rey. Sonreía de felicidad; el resto de los allí presentes estaba angustiado porque no había conseguido refulgir, pero a él le pareció que aquello era lo mejor que le podía haber pasado: su amada ya no podría afligirse si la razón de su tristeza había dejado de existir.

En el momento que el gentío se dispersó, el rey corrió hasta el castillo para contar a la grácil mujer lo que había ocurrido y poder empezar a vivir como siempre había soñado. Pero para su sorpresa, ella no estaba sola. El médico y una docena de mujeres la rodeaban. Cuando se hizo un hueco entre aquella pequeña comitiva, la encontró echada sobre la cama, medio desmayada y junto a un bebé que resplandecía.

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Cordura

Supe que enloquecía porque aun percatándome de que estaban conchabados empecé a creer que mi mujer me extrañaba y que el doctor me dejaría salir.

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Paseíto

De pequeña aprendí el caló de los abuelos porque el de mis padres ya no se distinguía del español. A mí aquella lengua me apasionaba, y me apliqué tanto que con apenas nueve años ya lo hablaba tan bien como los propios yayos. Pero a mis padres les parecía arriesgado, y su cabezonería de no tomar partido por ninguno de los dos bandos no ayudaba. Creían que les iba a buscar la ruina. Y realmente llevaban razón porque un día que pregunté a mamá por mis zapatillas, aquel extranjero que nos visitaba me miró con ojos de fanático. Yo solo confundí mi pinrel con el pie de los payos, pero el extraño sacó a mis padres de la caravana. Y ni siquiera se interesó por el biruji que sentían mis pies, ya que descalza me llevó a ver el paseíto de los dos calés hasta la tapia del cementerio.

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